Cuando alguna vez me han preguntado (ilusos) de dónde viene mi afición por la meteorología en general y las nubes en particular, pienso que me están presionando para que diga cuándo descubrí mi Fe y abracé alguna religión, mira si es complicado el tema. La cuestión radica, creo yo, en el despiste; soy muy despistado, lo admito, y más de cien veces me he quedado absorto mirando el cielo, paseando mis sentidos por la superficie de un buen cumulonimbus, o haciendo surf imaginario por un mar de cirrus spissatus. Lástima que la imaginación no llegue a más, podría escribir un buen libro con mis locuras celestes.
Pero para establecer un principio, si es que lo hay, deberíamos remontarnos a la tierna edad de 12 ó 13 años (ahora no lo recuerdo muy bien), cuando volaba con la bicicleta y tenía las rodillas peladas y los codos morados a causa de esporádicas bajadas por escaleras y descensos mortales por pendientes imposibles (tipo Carles Checa pero versión: ‘Rudiselahavueltoapegar…’). Recuerdo muy bien la inmensa, descomunal hostia, batacazo, las palabras se me quedan cortas, pobre de mí. Cuando me levanté del suelo no sabía si estaba en Vallirana o me había caído de la cama por una pesadilla a destiempo, tal fue la pérdida de noción y la conmoción producida por el (otra vez se me quedan cortas las palabras) zambombazo arrastreril por el camino de la granja, en lo alto de la Urbanización Mirador del mismo pueblo antes mencionado.
Todo fue culpa de la convección, ese vocablo amado y querido por todos los aficionados que no tenemos idea de muchos elementos pero que nos fascina su poder de atracción visual, su fuerza, su inmensa mole suspendida como una nave de otro mundo. ‘Mars Attack’ estaba allí, mirándome, flotando, bello, blanco-azulado, profundo y oscuro en la base, magnífico especimen de acusada verticalidad, casi tocando el espacio y rozando los (aun visibles en aquella época) cabellos de mi cabeza. Durante el rato que estuve observando, acariciando esa imagen de belleza indescriptible algo puso un árbol en el camino… maldita la semilla que decidió germinar ahí, un pequeño piñón cabroncete que no tuvo otra cosa que hacer que desarrollar un buen pino con un diámetro en el tronco de unos, digamos, buenos y duros cincuenta centímetros, uno arriba uno abajo, qué más da, para el caso (o sea, la hostia) es lo mismo.
Ni siquiera cuando la rueda delantera de la ‘BH’, roja como la mejor puesta de sol, veloz como la peor tramuntana, golpeó y se dobló contra la robusta conífera dejé de mirar a mi amado señor del cielo; bien, fue una fracción de segundo, aunque el hecho de no girar la cabeza evitó que tuvieran que hacerme una nueva nariz, o algo peor, algo es algo. Volando, presto, libre y feliz pero con un incipiente dolor de cabeza y todos los sentidos entumecidos recordé algo que me habían explicado hacía algún tiempo acerca de la formación de esos monstruos: aire frío y aire caliente, ése es el misterio de su creación.. aire frío… aire caliente…. oscuridad…. a qué coño vendría a mi cabeza ese pensamiento en ese instante, hay que ver…
Cuando llegué a casa estaba lloviendo a mares y mi madre loca de espanto. Pero yo parecía que hubiera salido de una película, dado que mis ojos bailaban como peonzas y el costado derecho de mi cabeza estaba teñida de un sospechoso color grana, nada que ver con mermelada de fresas, por supuesto. Después de todo, no había llegado la sangre al río, sí a mi camiseta pero eso tenía arreglo. Después de la primera cura, más calmado y habiendo echado la ‘meadita’ del miedo, mi cuerpo estaba relajado y pensando en todo lo que había sucedido y llegué a una conclusión: cada vez que mirara al cielo detendría la bicicleta, eso iba a misa. No fue una demostración de inteligencia suprema pero me salvó de más accidentes, de eso estoy seguro.
Quizá otro día os cuente cómo descubrí el granizo. Esa también fue una experiencia religiosa, como algún inepto (perdón, cantante) dijo un día.
Rs.