Recuerdo cuando mi abuela me contaba historias de la guerra civil española. Formaban parte todas ellas de un recuerdo colectivo de las gentes de aquella época, inmersas en un panorama desastroso y arropadas por el fantasma del hambre y el sentimiento de pérdida. Pérdida de gentes queridas y de identidad. La realidad social que se atravesaba en ese momento era un eco que se ha ido repitiendo demasiadas veces en todo el planeta. Aún así, el país renació y hoy se puede afirmar sin dudarlo que la situación ha mejorado ostensiblemente aun con algunos matices. Sin embargo, no hay que pintarlo todo tan bonito: es cierto que todos caminamos hacia un bien común, pero no hay que olvidar qué es todo lo que ha ocurrido hasta llegar aquí.
La pregunta que surge, de forma inevitable, es cuántas guerras harán falta para darnos cuenta de lo que está ocurriendo. De momento, pasando de puntillas por encima de innumerables conflictos en todo el mundo, llevamos dos grandes guerras con el sobrenombre de ‘mundiales’, como si nadie hubiera escapado al desastre. Salvando el comentario sí que es cierto que el adjetivo a utilizar para definir esta desgracia es desastre global. ¿Alguien ha visto Salvar al soldado Ryan? Supongo que son muchos los que en el cine se impresionaron y lloraron por la crudeza de las imágenes. Spielberg crea un ambiente nefasto, violento y, en todo caso, real con un ‘sólido’ y lacrimoso argumento. Matices aparte, la verdad es que la realidad supera la ficción. Señores, mi abuelo estuvo en Normandía. No hay comparación; ni siquiera con el surround y el dts de fondo, las imágenes se acercan ni por asomo a lo que en realidad ocurrió allí. Así que si alguien cree que una guerra son sólo balas y bombas tengo que decirle que está muy pero que muy equivocado. Algo así sólo puede contarse si se ha vivido y aún así, nunca se puede hacer llegar el mensaje de forma adecuada porque falta lo principal: los cinco sentidos. Y en un cine sólo intervienen dos: la vista y el oído. Por mucha imaginación que uno le ponga, nunca nadie de nuestra generación llegará a imaginar el olor, el hedor, la sangre, las vísceras, el amigo mutilado, la desolación, el calor, el frío, la tristeza, el dolor . . .
Estamos viviendo un momento de gloria, un oasis en medio del seco desierto, una época de abundancia. Pocos se atreven a admitir que usamos y abusamos de nuestra posición de primer mundo y mucho menos a recordar que una vez, no hace mucho, tuvimos que huir a buscarnos el pan y la libertad. Por desgracia, en la actualidad pocas cosas más que el dinero nos hacen felices. No nos damos cuenta de que, en medio de este estado somnoliento, confundidos por los medios de comunicación y cegados por las luces de la comodidad, nuestra memoria colectiva se remonta un par de miles de años y tan sólo unos ciento treinta en imágenes y soporte más o menos técnico. Por lo cual, obviamos lo evidente: que la humanidad está predestinada a la unión y mezcla de razas y que la inmigración es un fenómeno que no cumple las normas en la forma pero sí en el fondo. Y si alguien opina que eso es falso, no tiene más que recordar cuantos viven aún en Alemania y son del pueblo de al lado. Creo con sinceridad que el racismo es la repulsión a algo ajeno, al olor de comida extraño; es bueno recordar los guisos de nuestras madres, pero también es bueno aceptar que los demás también los recuerdan y no por eso son extraños.
La solución a conflictos como los de Irak no está en la utilización subversiva de la fuerza. Ni la cohesión entre gobiernos ni el diálogo están dando frutos evidentes, por lo que damos, sin rubor y complejos, la bienvenida a la guerra con el subtítulo de ‘pacificación’, aun cuando eso comporte la muerte de los desamparados. ¿Y quién no lo está? El otro día alguien me preguntaba por qué los alienígenas, en el supuesto de que existan, no venían y se mostraban como son. Bueno, si yo fuera de otro lugar y llegara al planeta tierra, me daría la vuelta con sólo asomarme a un par o tres países desahuciados. Y si me pasara por las Naciones Unidas me sorprendería la ‘capacidad’ de solución a problemas de esta raza autodenominada inteligente. Y como somos racistas por naturaleza, el hecho de ser ‘superiores’ nos pondría en una incómoda posición difícil de reparar; por lo cual, para evitar daños mayores, hemos decidido por unanimidad pasarnos dentro de mil años a ver si las aguas se han calmado.
A veces me pregunto si hemos entendido una puñetera palabra de todo lo que se ha escrito acerca de cargarnos al semejante por diferencia de raza, sexo, religión; o petróleo. Me lo pregunto porque parece ser que hay gente que esgrime la espada de la justicia mientras esconde la mano de la violencia gratuita. No es lógico plantearse un problema a la tremenda mientras eso provoque todo un ejército de zombies destinados a morder y desgarrar para después volver a reconstruir lo desahuciado. Olvidamos que en ciertos países la situación viene dada por nuestra avaricia, por querer coger aquello que no es nuestro y recriminar después los muertos del terror. El hambre no se soluciona con un pez sino entregando la caña y el anzuelo y enseñando a pescar. Las dictaduras no se eliminan a base de bombazos sino evitando fomentar el eterno binomio represión-poder. Hace ya muchos años que en un buen puñado de países se podrían haber solucionado otro buen puñado de problemas; los intereses creados en general han logrado lo que dos guerras mundiales no hicieron en su momento: la división del mundo. Pero mientras tanto observaremos y opinaremos sentados en el sillón de nuestro bonito piso, entre la calidez de los nuestros y nuestro eterno cinismo.
Antes de juzgar hechos aislados hemos de ver el desierto desde arriba; entonces nos daremos cuenta, y sólo entonces, de que nuestro oasis particular es un pequeño punto azul en una gran extensión de pobreza. Buscarle tres pies al gato puede reportarle beneficios al que no tiene nada mejor que hacer, pero el sentimiento de impotencia de los que creemos en la comprensión y la globalidad (que no globalización) es tan grande que quizá tendemos a veces a dejarnos llevar por la pasión y lanzar granadas imaginarias a quien no se lo merece del todo. Pero todos sabemos que justos pagan por pecadores. Un día tuve el placer de leer un reportaje que se titulaba ‘Hojas de un mismo árbol’. Todos formamos parte de un todo y tenemos una riqueza individual que es necesario que la compartamos con los demás, aún a costa de perder la imagen que algunos predican de ‘colonia de hormigas’. Por desgracia, sin saber a que nos atenemos y desconociendo el alcance de nuestra actitud, son muchos los que actúan como Perros de Guerra, manifestando consignas violentas y dando razón a la inutilidad militar. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey; en nuestra sociedad, es el que más armas dispara.
Rs.
