Hace cuatro años, en medio de un marco político muy tenso, escribí algo acerca de uno de los mayores debates del momento. He querido recordarlo y exponerlo aquí, quizás nos haya dado a algunos una visión más amplia por todo lo ocurrido con posterioridad. Espero que os guste.

11 de julio del 2005 fue una fecha importante para Emilio Menéndez y Carlos Barturín (noticia en enlace de imagen)
Corren tiempos de cambio y estos no siempre son agradables para todo el mundo; nunca llueve a gusto de todos y cuando nos mojamos pensamos en el paraguas que nos hemos dejado en el recibidor de casa. Y esto es lo que le está pasando a la mayoría de los que piensan que el sistema funciona y que todos deberían estar contentos. Nada más lejos de la realidad: hay muchas cosas que cambiar y podemos empezar por una o por todas a la vez, pero hemos de empezar algún día. Y eso da miedo.
Ultimamente hay un tema que trae de cabeza al sector más conservador de la sociedad. Es algo de lo que se habla en el trabajo, en casa, en familia, con amigos, hasta en el lavabo mientras se realiza algún acto que en teoría sólo se puede hacer en soledad pero que no siempre es así. Podría, en consecuencia, haber puesto cualquier otro título: matrimonio, pareja de hecho, rechazo al que es ‘diferente’, incluso, con cristalina claridad, la homosexualidad. Aunque, para variar, he intentado (y espero que conseguido) poner algo que haga referencia no al hecho diferencial en sí, sino a la evidencia del asunto; cuando dos personas se unen, sean del sexo que sean, crean un nuevo núcleo dentro de la sociedad. Claro que esta misma sociedad es la que los rechaza por no estar en reciprocidad con el sistema. En fin, siempre la misma cantinela.
Hablar del origen de la atracción de muchas personas por otras del mismo sexo es como intentar encontrar la habitación donde Dios hecha las siestas después del laborioso trabajo de crear mundos. No se sabe a ciencia cierta qué es lo que cambia, lo que diferencia un/a homosexual de mí, por ejemplo. Pero quiero destacar un ejemplo importante que espero sea seguido por muchos (y por lo que sé, empieza a ser, por suerte, algo habitual): mi heterosexualidad no me priva del entendimiento y aceptación de la otra y diferente realidad. Todo lo contrario: la comparto y disfruto cuando alguien que hasta ahora era rechazado es feliz viviendo su vida, sea de la forma que sea. El problema, por cierto, es que siempre vemos en ello la diferencia, cuando en absoluto es así. Estas personas no son diferentes: son iguales a nosotros, con los mismos gustos, nacidos de padre y madre e hijos de Dios (bueno, de la religión hablaremos otro día). No se diferencian en nada en absoluto. El único ‘problema’ son sus preferencias sexuales. Y aquí nos encontramos con la primera piedra del camino.
Si antes he comentado que no hablaríamos de religión, ahora me retracto tan sólo un poco para explicar una fábula; consiste en intentar comprender un poco la mitología de la sexualidad para aceptar que en cualquier ser humano puede haber un recuerdo o karma latente que lo oriente en un determinado sentido en la vida. Toda la vida en este mundo se perpetúa a través de ciertos mecanismos sexuales o de unión intrínseca entre especies. Si no fuera así, el simple hecho de nacer sería una utopía: no hay árbol sin semilla. Sociológicamente hablando, tendemos a la unión con el semejante para la creación del llamado núcleo familiar (sin entrar a hablar del tema, cosa que harán mucho mejor que yo los expertos, puedo decir que tal núcleo, papa, mama, niño, niña, no existe como tal; para empezar, yo mismo soy hijo único de padres separados y huérfano reciente, vamos, un bicho raro para nuestro feliz sistema). Tal núcleo puede formarse de muchas maneras, pero la principal y, por consiguiente, más natural desde el punto de vista de la vida como creación, se forma con dos componentes de sexos opuestos. Hasta aquí podemos entender que sin atracción no hay descendencia y sin descendencia no hay perpetuidad de la especie. Punto. Pero no está nada claro el tema.
Para empezar, los detractores de la unión entre parejas del mismo sexo se oponen argumentando que ésta perpetuidad no se dará, con lo cual la especie se extinguirá y, con carácter retroactivo, la familia (el perfecto y maravilloso núcleo familiar) se irá a hacer puñetas. Sin entrar a hablar de cuántas son, hoy por hoy, las familias rotas por innumerables conflictos y accidentes y que siguen vivitas y coleando sin problemas, podemos afirmar (ojo, que esto promete) que este argumento es una de las mayores falsedades nietas (no hijas, nietas) de tiempos en que la ignorancia y el poder eclesiástico hicieron tristemente mella en la gente. Esta ignorancia y falta de cohesión ha perdurado hasta ahora, dividiendo la sociedad en dos partes: los que atacan la unión entre dos personas sean del sexo que sean y los que están plenamente a favor (con la educación que les caracteriza, después de esto es posible que algún ‘consevadorcillo’ me ataque llamándome maricón o alguna sandez por el estilo).
Si hacemos caso de aquella teoría que afirma que el alma, el ser, no tiene sexo y la perdurabilidad de la especie tiene que darse con algún mecanismo sexual, es más, mecanismo de goze y placer para facilitar la unión y disfrute de la pareja para lograr el posterior embarazo, nos encontramos que, en el fondo, nadie tiene sexo; o, dicho de otra manera, todos somos hombres y mujeres al mismo tiempo. Como alguien dijo alguna vez, todos los hombres tenemos algo de gay y todas las mujeres algo de orientación lésbica. La expresión ‘media naranja’, sin comentarios acerca del programilla de marras, no es gratuita; tiene en su haber una verdad tan profunda que, por su sencillez, se nos escapa a la comprensión final del concepto. Hombre y mujer nos complementamos, ergo todos tenemos algo de la otra parte, una muesca, una señal, una pequeña ruedecilla que se acopla y nos completa sexual y personalmente. Si esa muesca la encontramos en el mismo sexo, ¿Qué nos puede importar el resultado final? La sociedad no se va a extinguir por eso, tranquilos. Antes lo hará por culpa de los intereses creados o la intolerancia de los amos del poder, manteniendo su honorable trasero acoplado perfectamente al sillón del control absoluto. Y que ninguna oveja se descarríe o le mandamos los perros para que den buena cuenta de ella.
Por consiguiente y llegados a un punto que entiendo sin retorno, es nuestra obligación aceptar la evidencia de los acontecimientos: nadie tiene que rasgarse las vestiduras cuando se habla de matrimonio entre gays o lesbianas ni tampoco ruborizarse cuando se habla abiertamente del tema. Por nuestra experiencia podemos afirmar que dentro de doscientos años esto nos traerá sin cuidado, porque habremos aceptado la realidad como es y nos ocuparemos de otros problemas diferentes a los actuales (espero no sin cierto exceso de optimismo). Pretender llevar ante los tribunales a una persona que escoge libremente un modo de vida es sinónimo de inquisición encubierta: ya nos cargamos a muchos por brujos. No creo que sea nada bueno seguir por el mismo camino.
Cuando dos almas se unen no importa lo que son ni de dónde vienen, sino adónde van. Y por la ‘R’, en el diccionario de la lengua española, aparece una palabra que a mucha gente se le olvida a menudo y que deberíamos tener más en cuenta cuando hay tanta gente unida por un mismo motivo: Respeto.
Rs.