Son las 10 de la mañana. Paco, autónomo desde los 25 años y con bastantes canas en la testa hace diez minutos que está buscando aparcamiento en Gràcia para una reparación de aire acondicionado, sector en el que hace años que trabaja con más o menos fortuna. Por fin encuentra un ‘forat’ en la excelente zona azul barcelonesa y aparca el coche de forma adecuada. Hoy ha tenido suerte y eso que es viernes. No sabe bien qué pasa los viernes pero la gente está diferente, hay más coches y todo el mundo tiene más prisa. El expendedor de tickets está a una calle y hacia allá se dirige pensando en el dinero que va a poner. ¿Dos euros? ¿Un euro y medio? No, mejor dos. Luego bajaré y ampliaré la ‘oferta’ si hace falta.
A las 11′30 h. de la mañana baja corriendo a poner 1 euro más. El ticket ya estaba fuera de tiempo por poco y hoy ha tenido otra vez suerte por segunda vez, el ‘vigilante de la acera’ no está acechando y no lo han multado. Introduce la moneda y regresa a terminar el trabajo. Luego tendrá que irse a buscar material a su proveedor habitual en el centro de la ciudad Condal, así que acelera y vete corriendo que casi es mediodía.
A las 12′45 h. regresa jadeando a la furgoneta pensando ya en la multa. Se ha retrasado, la clienta le ha empezado a hacer preguntas y lo ha entretenido demasiado. Paco suele deshacerse en explicaciones, de ahí que siempre deje a sus clientes tranquilos y satisfechos; es una garantía de un trabajo bien terminado. El papel amarillo está allí, impoluto, ‘fuera de tiempo’ reza. ‘¡Me cagüen d…. s!!’ Anular la multa le supone 10 euros más, con lo que ya son 13 de gasto los que lleva hoy. Mal número y eso que Paco no es supersticioso. Ya está empezando a pensar que el día no le ha salido tan económico.
Coge la furgoneta refunfuñando y se dirige a su proveedor, situado en la hermosa calle Sepúlveda, a la altura de Provenza, un lugar para depredadores motorísticos y urbanos de mala leche. ‘Mejor lo dejo en el parking’, piensa Paco. Y así lo hace, un Saba bien majo con unas lineas bien pintadas y pago por minutos.
En su proveedor parece que se han reunido todos los autónomos del sector. Claro, hoy es viernes, vamos a terminar los trabajos y a ver si podemos descansar el fin de semana. Entre pitos, flautas y bandurrias se pasa hora y media hasta que, por fin, va a buscar la furgoneta para cargar todo el material. Tres euros y pico… ‘¿Pago por minutos? Se lo podrían meter en el …. ‘
Mientras va cargando el material, furgo en doble fila y conductores encorvatados con audis y bmw pitando como estúpidos en un gallinero se le acerca sigilosamente por detrás un enorme guardia urbano, un armario ropero con cara de pocos amigos. Automáticamente, saca la libreta y empieza a recriminarle la situación del coche en la calle. ‘A ver, agente: he dejado el coche en el parking porque bla, bla bla…. y ahora estoy cargando material y bla, bla, bla… como ud. comprenderá, sr. agente yo no puedo cargar todo esto y llevarlo al parking porque tal y cual…’
En fin, después de unos largos cinco minutos discutiendo, llega al tácito acuerdo de quitar el vehículo en un cuarto de hora, yendo muy rápido. Al final la broma se alarga media hora y entre claxons, berridos e insultos logra irse para volver al cliente y terminar de una vez con su trabajo.
Pero no nos acordábamos que los que no son autónomos necesitan tres horas para comer y ya son casi las dos, así que hay que ir a buscar un menú acorde con los tiempos y gastarse entre 8 y 10 euritos que, sumándolos a lo que llevamos desenvolsados, terminaremos con suerte con 30 €, añadiendo un par de zonas verdes y algún que otro posible café, que también tenemos derecho a tomárnoslo. Paco medita mientras llega a casa en qué estaría pensando el día que se decidió a ‘autonomizarse’.
Esta historia que parece exagerada es el pan de cada día de muchos técnicos, personal de mantenimiento, distribuidores, repartidores, etc. que trabajan (y muchos viven) en Barcelona y tienen que sufrir todas las consecuencias de llevar un contaminante (y contrario a lo políticamente correcto) coche o furgoneta que, además de ir en contra de la tónica establecida, es mal visto por estar siempre ‘molestando’ en la calzada o encima de la acera. Para terminarlo de rematar, las llamadas ‘barreras arquitectónicas’ lo son tanto para los minusválidos como para los que se tienen que mover (sí o sí) en vehículo de cuatro ruedas: calles cortadas, carril bici, calles peatonales, etc.
Barcelona, de un tiempo a esta parte, se ha visto profundamente modificada tanto en lo urbano como en lo social; la inmensa cantidad de gente que reside y trabaja junto con el exorbitante número de vehículos utilizados a diestro y siniestro para ‘ir a buscar el pan’ (luego entraremos con eso) no parece ser compatible con una visión de ciudad moderna y civilizada llena de peatones, sin vehículos ni polución. Es la visión ‘pija’ que algunos tienen de un lugar lleno de bicicletas y ‘Subs’ enormes conducidos por los que van a buscar el pastelito, van a hacer una visita o, simplemente se pasean regodeándose entre un mar de gente crispada.
Empezar por el tejado ha sido, parece ser, el tópico de un lugar cosmopolita lleno de oficinas y comercios. Diversos sectores sociales y económicos se han visto beneficiados de ciertas normativas internas de su ayuntamiento, pero por el contrario, ha habido otros sectores que, olvidados, están sufriendo en sus carnes la Barcelona ‘Bonita’ que muchos desean.
Queremos servicios, queremos que nos vengan a arreglar de inmediato ese aparato estropeado, queremos tener el nuevo piso rápidamente amueblado, lo queremos todo chulo y fácil y también queremos una ciudad sin coches, sin motos, vamos, sin vehículos a motor; porque contaminan, porque molestan y hacen ruido. Queremos ser europeos y, a la vez, cobrar como lo que somos pagando como ricos. Queremos electricidad pero odiamos al martillo neumático que realiza unas obras de mantenimiento. Somos ‘guapos’ y ‘guays’ de cara a la galería, pero en cambio multamos las cagadas de perro y permitimos que la propia guardia urbana se pasee delante de restaurantes del Port Vell llenándolo todo de kilos de heces que permanecen horas sin que nadie las limpie (no lo hará el jinete, eso sin duda). Lo queremos todo muy bonito y odiamos esas furgonetas que cruzan incesantemente la ciudad, sin embargo no hemos resuelto aun el problema del aparcamiento, muy al contrario, cada año que pasa nos lo ponen más difícil. Multamos al autónomo o trabajador que deja media hora el coche en doble fila (por todo lo que hemos comentado arriba), sin embargo hacemos caso omiso de las bicicletas que cruzan los semáforos en rojo y van sin seguro. Queremos palomitas cuando vamos al cine pero miramos mal al camión de reparto de las 9 de la mañana el lunes porque nos incordia con su ruido y con su humo.
¿Barcelona, ciudad sin coches? Es posible en un futuro. Pero sólo podrá hacerse realidad si re-organizamos todo el tinglado desde cero. Los trabajadores de la calle tienen tantos derechos como los peatones y jubilados que pasean por el parque. Nunca se han criticado tantas cosas como ahora, en el momento de mayor opulencia y servicios. Luego alguien se pregunta por qué empresas jóvenes cierran y se van fuera o, sin ir más lejos, por qué muchos jóvenes emigran a otros lugares donde, además de ser todo más barato es más sencillo desplazarse de una manera u otra, ya sea por tu trabajo o la distancia.
Es cierto que hay mucha gente que podría ir en tren, pero también es cierto que hay mucha que, literalmente, no puede. Dile tú a una recién casada con su niña que vive en Vallirana que coja el ‘Soler i Sauret’, tres transportes públicos más en total y se vaya a trabajar, cada día a Badalona y luego vuelva de la misma manera por la tarde. ¿Cuánto tiempo hemos de invertir en ello cada día? Según cálculos no menos de 4 horas y media. ¿Cuántas horas se supone que nos quedan en una jornada laboral completa? ¿Debemos hacer la colada en el autobús? Quizás sería un buen negocio, una de esas ideas con futuro: autobuses con servicio de colada. Y eso que ya tenemos hecho en nuestro trayecto diario, ya que a las diez de la noche que llegamos a casa no tenemos ganas ni de ver la televisión.
Una bonita ciudad no está reñida con un equilibrio de las normativas y unas nuevas leyes encaminadas a facilitar a todo un maltratado sector su quehacer diario. Quizás nos gusten esos anuncios del anciano dándole de comer a las palomas en una calle vacía de coches (recordemos que está prohibido, por cierto) pero la realidad barcelonesa es muy distinta. Si desde un principio hubiéramos facilitado aparcamientos, subvenciones para cierto tipo de trabajadores mediante tarjetas de aparcamiento, leyes más claras y menos ambiguas para el cómputo de cálculo por minutos de algunos parkings (yo es que me parto de risa con eso) y un largo etcétetera, quizás ahora en Bcn se trabajaría más a gusto y los servicios serían más rápidos y menos caros.
Eso sí, el Bicing pega fuerte, la demanda es evidente. Pero con una bicicleta no podemos transportar el pan al bar o el aire acondicionado de una punta a otra de la ciudad. Digamos que está limitado a un sector concreto de la ciudad, un sector que sí, estaba ciertamente necesitado.
Alguien se preguntará por qué el equilibrio bicicleta/transeúntes/coches funciona en otras ciudades europeas y aquí no. Habría que ver también qué tipo de cultura tienen. A veces nos comparamos demasiado con el atún noruego y no vemos que también existe el hambre un poco más abajo de nosotros. No estamos tan mal, lo que está mal es la apariencia que queramos dar, una apariencia en contra de la lógica diaria.
Rs.
